sábado 21 de noviembre de 2009

La soportable gravedad de ser

Como se habrá podido adivinar, le he dado la vuelta al título de una célebre novela del siglo XX.

La materia psicoquímica, si es que esto existe, con la que está hecho, con la que está confeccionado el ser humano, es un absoluto misterio y fuente de constantes perplejidades, esto último en el mejor de los casos.

Queremos, necesitamos, sentirnos pesados, absolutamente conscientes de nuestro volumen en este mundo, poseedores de una identidad, de una historia, de un pasado proyectado hacia al futuro. Necesitamos sabernos así. No resistimos, realmente, mirarnos en un espejo más de cinco minutos seguidos. Y, si no, haga la prueba. Por supuesto, vernos es mucho más sencillo, aunque para algunos, qué duda cabe, mucho más agradable que para otros.

Todas esas personas inundadas de problemas, de graves y serias tragedias, de asuntos irrenunciables e irremplazables, son títeres a merced de los vientos de la consciencia, o de la inconsciencia. Todo eso -los problemas y los asuntos- son anclas y más anclas que depositan en el fondo de su psique para no salir volando a lomos de la leve inconsistencia que, a fin de cuetas, es lo que nos define. Por eso se cargan de obligaciones y de problemas y de asuntos. Para ser graves en el sentido newtoniano del término. Para no salir, literalmente, volando.

Por eso la levedad es insoportable. Por eso la gravedad es, ya no soportable, sino imprescindible. Aunque simulacro, al fin y al cabo. Como casi todo.

¿Qué es lo que le sujeta a usted?

miércoles 18 de noviembre de 2009

Otra Muerte en Venecia

Que ya no existen historias me lo vienes diciendo desde hace años. Dices que ya está todo dicho, que, como Umbral, piensas que la gente se preocupa más en la historieta cuando eso es lo de menos. El mismo Quevedo, decía Umbral, se preocupaba más de la forma. ¿No nos enseñaron aquello de que él era conceptista, y Góngora era más estilista? Bueno, qué más da…




El caso es que yo tengo una historia.



No me bastaba con ir a la fiesta, me quedé en casa pensando. El treinta y uno de agosto murió gente. El mismo Umbral no está, un jugador de fútbol, una actriz… ahora Luciano… Está muy transitado el tema de la muerte. Pero uno no puede dejar de hacerse preguntas ¿verdad? Sí, es inevitable. Lo llevamos en los genes, supongo.



Cuando éramos niños, a lo sumo, nos llamaba la atención. Pero creo que ni siquiera. Me parece que ni nos lo preguntábamos. Cuando es muy niño, cuando apenas lleva muchos días pisando y pesando en este mundo, no se plantea que algún día dejará de hacerlo. Homer, antes de suicidarse, habla con el mundo y le dice que parece que este es el fin, y le dice que siempre pensó que moriría él antes que él mismo… Cuando uno es niño paladea los días. Mira las musarañas.



Pero alguien se muere. Alguien se te muere. Alguien se desvanece y nos preguntamos dónde habrá ido, y vemos que está mal formulada la pregunta. Pero es que no sabemos formularla de otra manera. Todo nos parece cotidiano y anodino hasta que nos sacude la muerte y nos hace ver que esto de ser humanos es raro. Que la vida es precaria. Que no somos niños y que incluso los niños se mueren. Y a todo esto suena el teléfono, y me llama Gloria, y me dice:



- ¿Qué haces? Bájate y nos damos una vuelta…



O lo que sea. Yo le digo que no, que es que se ha muerto alguien. Y ella me dice que ya nacerá otro en algún lugar, que me calle y que salgamos.



La hago caso. Me pongo la chaqueta, cojo las llaves de mi casa y me voy a la plaza, donde hemos quedado. Paseamos, vamos de tiendas. Ella mira escaparates y me comenta los modelitos “Ese es muy caro. Ese es muy hortera… Aquel es monísimo” A mí todos me dan igual, aunque todos le quedarían fenomenal. Pero preferiría verla sin ninguno de ellos. Traje de nudista, que se llama. Me pregunto qué aspecto tendrá muerta, y no puedo evitar sentir una erección. Más por la desnudez que por la muerte en sí misma. Las prefiero vivas, naturalmente. Seguimos paseando y me propone tomar un helado. No puedo comer dulces, por una estúpida dieta, claro que pienso en Umbral, y en que él ya no comerá helados, y me pido. La muerte lo justifica todo.



Aunque es una torpe justificación. Alguien dijo que el fin justifica los miedos, Ramón Eder, creo, y tiene toda la razón. Entre lametón y lametón me dice que quiere comprarse una casa, dejar de vivir con los papás, comprarse un perro, echar currículums, quizá irse a otra ciudad… Últimamente no hago más que escuchar cosas del estilo. Cuánto de menos echo intercambiar cromos, jugar a los gia-joes, ver he-man o incluso películas de parchís… Antes los temas eran inagotables. No pasaba nada si la segunda frase que le decías a un amigo era “¿Te vienes a tirarle piedras a los pájaros?” Por ejemplo, por decir una. Aunque yo nunca le tiré piedras a ningún pájaro.



Antes podíamos hablar de tebeos, de dibujos animados, de leyendas urbanas, de a ver quién corre más, de las tetas de cualquiera, de motos… Bueno, de motos ya éramos unos abuelos de dieciséis años… Irnos a la piscina, ver crecer la hierba. Oír crecer la hierba…



¿Están tus padres en casa? Vamos a ver la tele, a jugar a la consola, a hacernos pajas, a pisar las calles horas y horas y horas… ¿Hipotecas? ¿ipecés? ¿currículums? Como juego, como diversión. Dicen que los tiempos cambian, y que hay que cambiar con ellos. Y una mierda.



- ¿No te acabas el helado?- No, no me lo acabo. Se me ha olvidado la muerte de Umbral y bueno que ya no me importa. Tampoco quiero volver a fumar. No quiero comerme el puto helado. Se levanta a pagar. Tiene un culo precioso. Ese culo no morirá… Sí, sí que lo hará. Y será una verdadera lástima. Pero ahora lo veo y me lo comería, con helado o sin él. Vuelve, me levanto y nos vamos.



-En el cine hacen una de Tarantino, podríamos ir a verla.

- Sí, podríamos…

- ¿Quieres que vayamos?

- Como quieras…



Me da absolutamente igual. Podría ir, comerme unas buenas palomitas, y tratar de meterla mano. La verdad es que ya no me lo curro nada, no puedo tener la muerte en la cabeza y pensar en meterla mano… Qué coño, sí que puedo. El otro día le dije a Pablo “el muerto al hoyo, y a tu vieja, me la follo” Se rió mucho.



Los diálogos de muchas películas americanas, concretamente las de Tarantino, han acabado por aburrirme. Suenan muy americanas. “Hey, amigo, deja el cañón donde estaba ¿quieres? Si no quieres que te meta una maldita bala en tu culo de negro apestoso…” Por Dios, dónde está lo sutil… No digo que no estén bien para un rato, pero ya me aburren. Me habré hecho viejo.



La película no me impresiona, dicen que los que leen mucho se impresionan menos pero cuando se impresionan se impresionan más. Me lo dijo una profesora en clase que, por cierto, tenía la cara blanca como un muerto. Luego una compañera me contó que la había visto en no sé qué revista religiosa, como virgen del año, o algo así. Una cosa muy rara. Gloria y yo salimos del cine, ya era de noche.



Esto sí que me gusta. Me coge del brazo, y echamos a andar. Parece que ha llovido durante la película, las calles están mojadas. Las luces de las farolas y de los faros de los coches se reflejan en el asfalto. Es una pequeña Venecia, y vamos paseando. Por mí, bien. La muerte aquí no tiene cabida, o mejor dicho, la muerte aquí no nos puede hacer daño. El caso es que hace tiempo entré en una página web de estas que te decían el tiempo que te quedaba de vida. Aparecía un reloj muy siniestro marcando la cuenta atrás, y encima te decían cómo ibas a morir. Mi momento fatal era al salir de un cine, atropellado por un coche. Si no había dolor, en ése momento no me hubiera importado empotrarme con un coche, con Gloria al lado.



Ella me hablaba a ratos. Me decía que se sentía a gusto conmigo, que al principio no se había fijado en mí y que era curioso cómo habíamos acabado… No sé, cosas que se dicen los enamorados. Yo no sé muy bien qué le dije, no me acuerdo. Alguna frase hecha. Cuando quiero, puedo decir cosas muy bonitas, lo que nunca sé es hasta qué punto son ciertas…



Desechamos la posibilidad de ir a tomar una copa o un café o algo. Ella trabaja mañana temprano. La acompaño a su casa y la dejo con un beso en los labios. Hasta mañana.



Definitivamente es una chica preciosa, no sé cómo me lo haré con ella. Ya digo que, últimamente, me lo curro muy poco. Además, es muy buena chica, y la estoy tomando aprecio. Nunca le debes tomar mucho aprecio a una chica que conoces poco, así como así. Luego vienen las complicaciones, los malentendidos, los enamoramientos… supongo que el amor. De todas formas, mi hermano siempre dice que mal andas si piensas en cómo van acabar las cosas, hay que pensar en cómo empiezan… Y lleva mucha razón. Mi hermano siempre lleva mucha razón. Todo lo que termina, termina mal, poco a poco. O eso nos dice el genio Andrés, habrá que creerle…



Camino lentamente y sólo hacia mi casa. No tengo nada que hacer. No puedo dejar de pensar en Umbral, en su muerte, y en la muerte. Miro al cielo buscando una respuesta, pero las puertas del cielo es la metáfora más terrible que se ha hecho nunca.



Woody Allen dijo que la vida está dividida en dos categorías, lo horrible y lo miserable. Lo horrible es la muerte, las personas hambrientas, los pobres, los mutilados, los violados, los ciegos, los lisiados… Y lo miserable somos todos los demás. También dijo que no podía ir a una fiesta si sabía que había en algún lugar un niño muriendo de hambre, que no se ponía a tono.



La calle se me hace infinita. El charco inmenso que cubre el asfalto se prolonga ante mí y voy cayendo poco a poco. Creo que el verdadero problema es decir que la vida es. O que la muerte es. Pero todo eso, para mí, ya no tiene importancia…

martes 17 de noviembre de 2009

Interludio o impasse

Después de toda historia, pequeña o grandiosa, conviene fumarse un cigarrito o pedir otra cerveza.

Ha llegado el momento de hacerlo.

Sigamos con más novelas después de Nada.

lunes 22 de diciembre de 2008

¿Me habré lanzado ya? (y fin)

Está claro que la canción de Alaska tiene resonancias clasheras. Los supermercados fueron todo un golpe en la cara en los setenta y los ochenta. Hasta en Los Simpsons cobra especial relevancia el tendero del badulake.

Hace un día precioso, de verdad, maravilloso. Tengo una golondrina en frente mía, parada. Mirando al horizonte, como yo, a sus compañeras describiendo piruetas en el aire, algunas palomas se unen a la danza mientras el sol cae y cae y se hunde en el mar, como ahogándose. Como apagándose. Entonces las nubes cobran un tono rojizo, todo, en realidad, se baña de un rojo crepuscular. Y a través del humo de mi cigarro admiro el horizonte huidizo.

Tres turistas italianas, de unos veinte años la mayor de todas, pedalean hacia mí con entusiasmo. Están desnudas y me pregunto qué tal debe ser paladear descalzo. El pecho les sube y les baja en cada esfuerzo por culminar la cima. En cuanto pasan por mi lado me dirigen una sonrisa que no sé interpretar, pero sí veo sus magníficos traseros altos, por encima del sillín, perlados por el sudor.

El atardecer se prolonga varios minutos. Sigue todo teñido de rojo y el sonido del mar me relaja a pesar de desnudas en bicicleta. Pasa Bob Dylan por mi lado y me dice que le ha hecho una canción muy bonita a Rosa. Tiene el pelo más largo de lo que yo lo recordaba, es un matojo enorme y envidiable con mil bucles de rizos rubios peleándose entre sí por conseguir protagonismo. Parece que esté viva. En realidad el propio Bob parece un dibujo al carboncillo en movimiento. Le pido que me cante la canción y es cojonuda de veras. Qué cabronazo. Seguramente la olvide, de todas formas no sé tocar la guitarra.

En algún lugar, estoy seguro, alguien está roto por dentro de amor. Alguien sufre brutalmente. Casi puedo oír sus lamentos. Me pregunto quiénes serán. A todos nos toca tarde o temprano o, si no, a alguien le toca a cada momento. El tipo que está en la otra parte del desfiladero, oteando como las gaviotas y como yo mismo, puede perfectamente ser un despechado que medita segundos antes de lanzarse al vacío… y efectivamente, el tipo se sube a la barandilla y lanza una botella, y detrás va él. El suicidio es la octava causa de muerte, por delante de los accidentes de tráfico.

Quizá fue un joven punk, quizá un yuppi, todos somos dianas, blancos del cabrón de cupido. Yo no sé muy bien qué hago aún oteando en esta mierda de baranda. Qué ocaso más extraño, no termina nunca… Las mismas gaviotas… ¿es la misma gaviota aquella que está petrificada encima de la roca? Que cosa más extraña. El ruido del mar, parece el Mediterráneo. ¿Me habré lanzado ya? Por supuesto. Todo es posible.



¿Dónde se habrán metido esas turistas italianas?


¿Y cómo coño sé que eran italianas?

A Rosa le pasa algo (los ángeles también lloran)

El cáncer nos está consumiendo a todos. Un día me enseñaron un glóbulo blanco a escala microscópica. Estaba atacando a una bacteria o a un virus, a uno de esos malos. Le acosaba, le rodeaba y lo absorbía. No sé si lo expulsaba del organismo o se lo comía, supongo que son los macrófagos, osea que se lo comía, y todos esos. Llega un día en que deciden ir aflojando la marcha, no hace falta ser tan rigurosos, se dirán unos a otros, después de todo, para el sueldo que nos dan, esto está muy mal pagado... e irán haciendo dejación de sus funciones y entrarán los cánceres.

Primero, en el páncreas, terribles dolores, acudes al médico y la mala noticia. Cáncer. ¿Cáncer? y ahora ¿cáncemos? No hay nada cáncer. Bueno sí, lo de siempre, resistir. Pero ya no cuentes con tus glóbulos, no, qué va. Aquí resistir hay que leerlo como un dejarse morir sin hacer mucho ruido. O bueno, o haciendo ruido, como quieras, si eso da igual. El ruido que hagas se apagará igual, eso ni lo dudes.

Pero ahí no acaba, claro. El páncreas era sólo para empezar. Aquellas juergas universitarias... recuerdas -hace muy poco tiempo- cuando eras capaz de vaciar una botella de wisky, fumar dos paquetes de tabaco y pegar tres polvos en una noche. Ahora ya no puedes ni hacer ninguna de esas cosas por separado, pero ni muchísimo menos. Te puedes conformar con que la enfermera te aydude a ponerte la cuña. Pero aquellas juergas universitarias... de aquellos polvos vienen estos lodos ¿no? O como se diga. De repente, un día, el hígado, cuando ya tenías jodido el páncreas, se declara en huelga también. Ahora es peliagudo hasta beber un vaso de leche. Los pulmones son bolsas del hiper agujereadas.

Un sudor frío recorre tu nuca. Enfermeras entran y salen de tu habitación, parece una cárcel. Te dan libres algunos días, cada vez menos, casi siempre en fines de semana. Y la enfermera te sonríe y cómo vamos hoy pero cómo vamos a ir... No puedes comer, no puedes soplar, no puedes follar. Falta muy poco para dejar de vivir.

Y las lágrimas acuden a los ojos, es mecánico. Es inevitable, tanto como el final que no está muy lejos. A nada que te paras se humedecen los ojos y ya sólo faltaba que doliera llorar.

A Rosa no le pasa nada (los ángeles no se mueren)

De todas formas no hay que darle tanta importancia a lo sucedido. Lo mejor era cuando conteníamos la respiración. Pablo vino con una de esas sonrisas tan extrañas, que no parecía suya. Había traído cocaína.

Íbamos de la barra al baño a una velocidad de vértigo. Fue una de las noches más bonitas de mi vida. Rosa estaba eufórica, no paraba de pegarse a nostros y darnos besos cariñosos.

- Tendríamos que hacer una comuna. Vostros dos conmigo. Tendríamos muchos hijos. Como los hippys. –Rosa.
- Yo pensaba que odiabas a los hippys. –Pablo.

Rosa se mete dos rayas seguidas y nos mira con ojos vidriosos.

- Si sois vosotros los hippys me da igual.

Cada vez que se inclinaba para meterse las rayas o para hacerlas se le podían ver casi perfectamente las tetas. Era una visión extraña, soberbia. Era un ángel drogándose y drogándome.

sábado 20 de diciembre de 2008

No quiero volver a veros más

De todas formas, no todo es horrible. Pablo una vez me salvó de recibir una paliza.

Estábamos tendidos en la hierba fumando marihuana, partiéndonos el culo, cuando llegaron cuatro desgraciados. Pasaron por delante nuestra sin mirarnos. Yo casi no me di cuenta de que habían pasado.

- Eh tú, el gilipollas.

Yo hablaba con Pablo y me reía gesticulando, pero de pronto vi que Pablo enmudecía. Él miraba algo que había detrás de mí. Yo seguía hablando pero él ya no me hacía caso y miraba por encima de mi hombro.

- Sí, tú. El gilipollas.

Me giré y vi a cuatro tipos, un poco más grandes que nosotros. El más mayor de todos me miraba a mí.

- Dice aquí mi colega –señaló a uno que tenía a la izquierda- que tú me has insultado.

Yo me quedé callado. Aún no sentía miedo. Desde luego, yo no había insultado a ése hijo de puta.

- Te he insultado yo.

Ésa era la voz de Pablo.

- ¿Qué dices?
- Que he sido yo. Me pareces un hijo de puta. Seguramente vengas de comerle la polla a tus tres amigas.

Ahora sí sentía miedo. Mucho miedo. Pero no de los cuatro capullos, que tenían tanto miedo como yo. Quizá más. No, tenía miedo de Pablo.

Todos nos quedamos callados. Pablo seguía fumando. Y dijo:

- No quiero volver a veros más.

El más grande pareció querer decir algo, pero se giraron los cuatro al mismo tiempo, y se fueron. Y no los volvimos a ver más.