lunes 22 de diciembre de 2008

¿Me habré lanzado ya? (y fin)

Está claro que la canción de Alaska tiene resonancias clasheras. Los supermercados fueron todo un golpe en la cara en los setenta y los ochenta. Hasta en Los Simpsons cobra especial relevancia el tendero del badulake.

Hace un día precioso, de verdad, maravilloso. Tengo una golondrina en frente mía, parada. Mirando al horizonte, como yo, a sus compañeras describiendo piruetas en el aire, algunas palomas se unen a la danza mientras el sol cae y cae y se hunde en el mar, como ahogándose. Como apagándose. Entonces las nubes cobran un tono rojizo, todo, en realidad, se baña de un rojo crepuscular. Y a través del humo de mi cigarro admiro el horizonte huidizo.

Tres turistas italianas, de unos veinte años la mayor de todas, pedalean hacia mí con entusiasmo. Están desnudas y me pregunto qué tal debe ser paladear descalzo. El pecho les sube y les baja en cada esfuerzo por culminar la cima. En cuanto pasan por mi lado me dirigen una sonrisa que no sé interpretar, pero sí veo sus magníficos traseros altos, por encima del sillín, perlados por el sudor.

El atardecer se prolonga varios minutos. Sigue todo teñido de rojo y el sonido del mar me relaja a pesar de desnudas en bicicleta. Pasa Bob Dylan por mi lado y me dice que le ha hecho una canción muy bonita a Rosa. Tiene el pelo más largo de lo que yo lo recordaba, es un matojo enorme y envidiable con mil bucles de rizos rubios peleándose entre sí por conseguir protagonismo. Parece que esté viva. En realidad el propio Bob parece un dibujo al carboncillo en movimiento. Le pido que me cante la canción y es cojonuda de veras. Qué cabronazo. Seguramente la olvide, de todas formas no sé tocar la guitarra.

En algún lugar, estoy seguro, alguien está roto por dentro de amor. Alguien sufre brutalmente. Casi puedo oír sus lamentos. Me pregunto quiénes serán. A todos nos toca tarde o temprano o, si no, a alguien le toca a cada momento. El tipo que está en la otra parte del desfiladero, oteando como las gaviotas y como yo mismo, puede perfectamente ser un despechado que medita segundos antes de lanzarse al vacío… y efectivamente, el tipo se sube a la barandilla y lanza una botella, y detrás va él. El suicidio es la octava causa de muerte, por delante de los accidentes de tráfico.

Quizá fue un joven punk, quizá un yuppi, todos somos dianas, blancos del cabrón de cupido. Yo no sé muy bien qué hago aún oteando en esta mierda de baranda. Qué ocaso más extraño, no termina nunca… Las mismas gaviotas… ¿es la misma gaviota aquella que está petrificada encima de la roca? Que cosa más extraña. El ruido del mar, parece el Mediterráneo. ¿Me habré lanzado ya? Por supuesto. Todo es posible.



¿Dónde se habrán metido esas turistas italianas?


¿Y cómo coño sé que eran italianas?